En tiempos muy lejanos, en un lugar perdido en las montañas de Coclé, vivía una muchacha a quien tanto le gustaba fumar, que le llamaban “la Pavita”. Sus padres habían tratado por todos los medios de quitarle la costumbre, pero ya Paula, que tal era el nombre de la moza, estaba completamente enviciada, y nada consiguieron. Al fin, cansada la familia de regañarla y castigarla, la amenazaron con la muerte si la veían fumando.
Por primera vez, Paula asustó de veras, y no se atrevió a fumar por algunos días. Mas su cuerpo entero sentía las ansias del tabaco. No sabía cómo hacer para encontrar lo que deseaba. Al fin se le ocurrió recoger todas las pavitas que los demás votaban, guardarlas, y fumárselas cuando nadie la viera. Para evitar ser descubierta por la gente de la casa, decidió esconderlas en la cocina debajo de unas piedras que había detrás del fogón.
Todas las noches, cuando las espesas sombras envolvían la tierra, sigilosamente se iba Paula a la desierta cocinita, levantaba las piedras y se ponía a fumar sus pavitas. Así siguió mucho tiempo fumando a escondidas las colillas que encontraba durante el día, hasta que fue sorprendida por su padre.
Hace algunos dÃas, tuve la grandiosa oportunidad de conocer la Iglesia de San Francisco de la Montaña, ciertamente un valle entre las montañas veragüenses, a tan sólo 16 kilómetros de la ciudad de Santiago.
Realmente me dirigÃa hacia Santa Fe de Veraguas, pero como para llegar allá se pasa obligatoriamente por el poblado de San Francisco, decidà dedicarle unas horas de mi tiempo a conocer una reliquia más que centenaria.
Este monumento histórico fundado en 1621, fue declarado “Patrimonio Nacional” en 1937, mediante la Ley 29 de 28 de enero, y actualmente se encuentra bajo estudio para ser incluido como “Patrimonio Cultural de la Humanidad” por la UNESCO.
La otra opción es manejar hasta Santiago y luego tomar la Avenida Polidoro Pinzón que esta a la derecha antes del puente vehicular. De allà hasta San Francisco de la Montaña son aproximadamente 16 kilómetros de carretera.
Para el visitante casual, es un modesto poblado de gente dedicada a los trabajos del campo, con hermosos balnearios, una brisa deliciosa que baja de las montañas y una iglesia antigua en la que reposan más de cinco mil piezas talladas a mano en las maderas más preciosas de la región y alojadas en los altares barrocos más antiguos del continente, algunos pintados exquisitamente, otros forrados en láminas de oro.
La Parroquia mide apenas 26 metros de largo por 12 de ancho y atrae cada año a cientos de turistas y visitantes, deseosos de contemplar sus nueve espectaculares altares, su púlpito de madera tallada y conocer asÃ, un poco de nuestra historia e identidad.
Los documentos históricos nos permiten saber que la primera iglesia de San Francisco de la Montaña se empezó a construir en el año 1630 por Fray Adrián de Santo Tomás, cuando San Francisco era apenas un conjunto de chozas de paja que contaba con una población de 30 indÃgenas.
Pero el poblado fue creciendo. En 1691, ya tenÃa 50 habitantes. En 1736, era un pueblo grande de más de 100 casas y 800 habitantes. En el año 1756, tenÃa 2,277 habitantes, dos curas, un sacristán mayor, siete notables con sus familias, 33 esclavos, 28 pobladores españoles y mestizos, y 208 familias indÃgenas.
Se presume que fue en el año 1773 que se empezaron a construir los altares barrocos y que el periodo de esplendor de la iglesia llegarÃa probablemente entre 1864 y 1865, año en el que San Francisco de la Montaña llegó a convertirse en la capital de Veraguas, en virtud de una ley impuesta por el Coronel Vicente Olarte Galindo.
A pesar de su limitada población y lejanÃa de los principales centros urbanos, San Francisco de la Montaña destacaba por la fertilidad de sus tierras y por su cercanÃa a las ricas minas de oro veragüenses.
La iglesia católica mantenÃa enormes campos de cultivo en esta área, asà como varios cientos de cabezas de ganado. Los altares de la iglesia fueron ideados como un libro abierto con los que se trataba de impresionar a los nativos y adoctrinarlos en la fe.
Y es que San Francisco de la Montaña no es un sitio cualquiera. Lugar hermoso de noches perfectas, donde la sabana se besa con la cordillera, fue construido sobre una historia fascinante que no ha sido aún escrita.
El sitio donde se ubica la comunidad y su templo pertenece a una región húmeda y selvática, cuyos fenómenos pudieron influir en las lluvias y nacimiento de abundantes cursos de aguas que dan el nombre de Veraguas.
Durante el siglo XVIII, los franciscanos establecieron los servicios religiosos para la comunidad de los guaimÃes. Siempre con el objetivo de adoctrinarlos en la fe cristiana, organizaron un calendario de fiestas, tanto civiles como religiosas, en las cuales, hasta la fecha, están involucradas las tradiciones folklóricas aborÃgenes, incluyendo el vestido, las lenguas, la música con sus instrumentos autóctonos y teniendo como fondo, en algunas rancherÃas, su tÃpica vivienda vernácula.
Al entrar a las naves del templo descubrimos cómo el colorido de la forma de vida de este poblado indÃgena, asà como la exuberancia de la vegetación que los rodea se convierten en hábil talla de rico colorido con efectos de luz y sombra por la presencia del lujoso laminado de oro en esculturas envueltas en ramas y flores.
El púlpito es de madera de cedro y se localiza en la nave central entre los altares de Santa Bárbara y la Virgen del Rosario. Llama la atención la base o columna sobre la cual se sostiene la tribuna por ser una cariátide o indiátide, por sus facciones de chola, envuelta en hojas de acanto y flores.
La capilla Bautismal hace esquina entre la puerta central y la puerta este. Dentro de ella hay una espectacular pila bautismal tallada en piedra con la fecha esculpida de 1727. En un nicho, dentro de esta capilla, se encuentra una talla en madera de San Juan bautizando a Jesús con sus pies dentro de un rÃo.
Hace un par de siglos capital del Ducado de Veraguas, San Francisco de la Montaña fue fundado formalmente en 1621 por el sacerdote Gaspar RodrÃguez y Valderas, aunque la verdadera fecha de su origen se ha perdido para siempre. Región muy rica en el oro codiciado por los españoles que se acercaron al sitio en 1501 y que durante más de cien años fueron derrotados una y otra vez en batallas que jamás serán contadas y de las que sólo quedan los nombres legendarios que se han repetido por generaciones, como ese del jamás vencido cacique Urracá.
Durante muchos años se ha especulado sobre las razones que llevaron a los colonizadores españoles a construir un templo tan elaborado en un poblado tan remoto.
Hay quienes aseguran que en realidad no es una iglesia, sino una capilla privada construida en los terrenos de un rico hacendado. Pero la verdad es que hay numerosos testimonios escritos que explican perfectamente la razón de ser de esta iglesia.
Parte de esto nos contó amablemente una joven que sirve de guÃa y explica una a una las obras talladas y pintadas en la capilla. Cada imagen que llamaba nuestra atención era explicada pacientemente por la joven, quien nos contó que la iglesia aún sigue usándose para algunas misas, lo cual es peligroso e inaudito pues esto produce un desgaste del patrimonio.
Nos habló acerca de una pintura que fue robada hace más de 30 años y aún no ha sido recuperada, pero guardan el espacio intacto por si algún dÃa la recuperan.
De esta forma, el templo se convierte en un verdadero relicario por las joyas que guarda. Aquà la sensibilidad aborigen quedó marcada en hondos caracteres sobre los moldes del barroco español, como productos se un autentico mestizaje artÃstico.
No esperes más para conocer los patrimonios y monumentos de tu paÃs. Es injusto que al entrar a un lugar histórico, uno se tope más con extranjeros que con nativos.
Tomate tu tiempo, saca el momento para viajar un poquito más allá y dar fe de que todo esto existe, de que la historia está plegada aún en las paredes de un lugar tan mágico como la Iglesia de San Francisco de la Montaña.
Horarios para visitar este monumento: 10:00 A.m. a 6:00 P.m. Martes a Domingo
Casa Cural: Tel. 954.21.41