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En este poblado no hay hoteles, ni sitios de camping ni nada por el estilo, en caso de visitarlo, las opciones las llevas tú, es decir, acampar o buscar tu propio refugio natural.
Nos metimos completamente desorientados por un camino que se convirtió en una loma, casas de barro con fogones encendidos. Escuchamos el rÃo abajo y pensamos que quizás estábamos en el camino correcto, asàque seguimos bajando y al llegar al borde del rÃo, divisamos el chorro, pequeño y profundo en el cual jugaban unos niños y pescaban camarones.
Primero, el chorro me produjo algo de temor, se notaba que el rÃo habÃa sido represado hace poco o que habÃa crecido y dejado los bordes llenos de troncos y ramas.
Nos topamos con una pequeña y curiosa rana con una lÃnea ocre en su cabeza. Nos bañamos en el chorro y estuvimos pasando un rato tranquilo. Al parecer este es un lugar de paso pues mientras estuvimos pasaron algunas personas hacia el pueblo, al otro lado del rÃo, un atajo.
Un momento agradable, en un lugar conocido solo por los que allà habitan.
La razón por la que me gusta tanto este lugar es simple, el contacto tan especial que existe entre naturaleza y humanos es impresionante. Obviamente tengo mi “secret spot” donde me quedo a pernoctar y puedo asegurarles que la fauna que uno ve en un solo dÃa es increÃble; voy a describirles solamente lo que vi en mi última visita de dos dÃas en ChiguirÃÂ.
Esa misma noche escuchamos sonidos extraños provenientes de un Ãrbol de caimito, al acercarnos sigilosos pudimos distinguir en la oscuridad la forma de unos animalitos que se abalanzaban de un árbol a otro, se trataba de una manada de monos nocturnos (jujuná), toda una familia que iban a cenar caimito justo encima de nuestra carpa; se nos quedaban viendo atentos y con esos ojazos preciosos, nos veÃan asustados mientras comÃan y hacÃan su sonido particular. Y ¿adivinen? De pronto pasó un animalillo tan rápido que no distinguimos si se trataba de un olingo o un cusumbi.
Y bien, nos fuimos a dormir mientras una rana descansaba sobre una planta del hostal, los bichos hacÃan sus sonidos de la noche y llenaban el ambiente de una manera fantástica.
A la mañana siguiente nos levantamos con ganas de caminar y fuimos a explorar detrás del hostal. HabÃa un cerrito, primero pasamos una loma bastante inclinada, un alambre de púas, llegamos a un área llena de pinos con vista al Cerro La Vieja y no muy lejos, volaban unos gavilanes grises que denotaban estar disfrutando la mañana fresca y llena de rocÃo.
“El Cholo Guerrillero, Victoriano Lorenzo, durante la Guerra de los Mil dÃas, dejaba de vez en cuando a sus hombres para ir a ver a la Vieja. Este era el sobrenombre para la mujer que vivÃa por aquellos montes coclesanos adonde el caudillo liberal iba a recobrar fuerzas para volver, luego, a la lucha. Eso, según los habitantes de la región, dio su nombre al Cerro La Vieja o Cerro de La Vieja“.
Las paisanas graznaban y se lanzaban de un árbol al otro. Otras aves llenaban el ambiente con sus cánticos comunes como el motmot, los ruiseñores y los carpinteros.
Bajamos la loma y regresamos a hacer el desayuno, pero lo que nos esperaba frente a la cocina eran unos lindÃsimos monos tità tan curiosos que no se movieron de ese árbol por buen rato. Pudimos adelantar el desayuno y ellos seguÃan en el árbol, estos sàse dejaron tomar fotos.
Compartimos el desayuno con “Aye Aye” y “Coronel”, dos canes amigos que siempre están en el lugar, aprovechamos un rato para reposar y decidimos irnos a alguna cascada de las varias que hay cerca de Chiguirà Arriba.
Tomamos un bus y nos bajamos en el pueblo, caminamos preguntando donde podÃamos encontrar otra cascada aparte de Tavidá, que es la común a visitar en este lugar. En el camino nos topamos con un Colarejo o tucancillo “rockero” (Collared aracariÂ).
Encontramos un chorro pequeño y llamativo que a mi en lo personal me transmitió un poco de miedo a pesar de no parecer peligroso.